08 octubre 2019

El silencio

Luces y sombras. Foto de Ginebra

 "El silencio se iba volviendo tóxico por el pasillo y las habitaciones. Cuanto más duraba más difícil de romper se volvía. El silencio era una niebla que nos alejaba al uno del otro aunque estuviéramos muy cerca (...) Ni siquiera cuando nos hablábamos  se disipaba el silencio. Nuestras voces sonaban raras porque el silencio que no podían vencer las había neutralizado (...).

El silencio duraba  horas y días y cada minuto de él era irrespirable. Cada uno de los dos moría de tristeza al lado del otro: la tristeza que infligía con la suya y la que recibía por contagio. El silencio borraba cualquier rastro del motivo inicial que lo hubiera  provocado (...). Cada uno se  sentía a la vez culpable y ofendido. Cada uno sentía  el remordimiento de haber cometido un agravio y el escozor de haberlo recibido (...). El muro invisible no lo había levantado nadie más que nosotros..."

Fragmento de Tus Pasos en la Escalera. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral

27 septiembre 2019

Emergencia climática

Castaño asesinado en un incendio provocado. Foto de Ginebra

Cuando el bosque decida rebelarse, nos enseñará sus dientes y sus garras, y nos asfixiará en una burbuja que sólo contendrá CO2, ese gas que ha tratado de absorber para hacer posible nuestra vida aquí.

Cuando el bosque, por fin, se defienda y deje "de poner la otra mejilla", desapareceremos como aparecimos y otra especie, tal vez más evolucionada, ocupará el lugar que le corresponde...

21 septiembre 2019

Neblina

El baño. Foto de Ginebra

En la quietud de la siesta, mientras todos dormían acurrucados bajo la copa de los fresnos, ellos dos hablaban de algo que no  pude escuchar.

Arquitectos de una historia de amor, de una recíproca intimidad, habían visto pasar los años sin poder desprenderse el uno del otro, en esa convicción de que el azar es sabio.  Y juntos, no cabía duda, navegarían y remarían hasta el final de sus días;  disipando "la neblina" que a veces confunde o atonta, y enfrentando sus vidas como velero que atraca en un puerto de mar, como dos bailarines hipnotizados que no pueden dejar de danzar. 

Ella solía decir que él la engañó porque era muy joven cuándo le susurró secretos en el oído; pero esa no era la  verdad, sólo había que acercarse a ellos para entender sus profundos sentimientos. ¿ Quizá alguien podía resistirse a sus ojos claros y a su serena voz?. ¿Quién a la fuerza y el coraje de una mujer especial?... Seguramente nadie jamás.

10 septiembre 2019

Underground


Estaba citada en el número 130 de la calle La Cubana. Era un nombre extraño para una ciudad del norte. La nota no decía más, aunque iba dirigida a ella. La curiosidad se impuso a la precaución o la desconfianza y, sin temor alguno, cogió el metro y llegó hasta la casa de puertas blancas que mediaba con el bar de tapas españolas.


Una mujer se balancea al caminar como si sus pies no estuviesen conformes en el asfalto. Es muy delgada y su camiseta blanca se funde con la fachada del impoluto edificio que preside un hotel de cuatro estrellas.
No se aprecia si tiene prisa, aunque su paso es decidido como si alguien la esperara y llegara tarde, algo imperdonable en "la ciudad de la puntualidad"

Fotos de Ginebra

30 agosto 2019

Chopos y alisos

Corazón nuboso entre chopos y alisos. Foto de Ginebra

Miraba a menudo hacia arriba porque le interesaban, entre otras cosas,  las nubes, las copas de los árboles de gran altura ,como alisos y chopos, y el vuelo y  trinar de los pájaros en ellas.
A veces eran las primeras las que semejaban formas dispuestas exclusivamente para sus ojos. Figuras reconocibles, exactas las más de las veces, que se iban diluyendo según los caprichos del viento.

Era tan aficionada a mirar hacia arriba, que no se sorprendía cuando, en algunas ocasiones, se producían pequeños milagros en los que nubes, árboles y pájaros, esos elementos de interés, parecían alinearse y componer una especie de poesía visual que duraba el tiempo preciso para que ella les retratara.

Estaba convencida que era un guiño de éstos, sabedores de su estima. Nadie a su alrededor parecía darse cuenta. Seguían con sus  conversaciones, ajenos a la belleza del instante; bebían cerveza, se bañaban en el río o dormitaban la siesta como si nada de lo de allí arriba pudiera interesarles lo más mínimo y eso, exactamente eso, era el meollo de su "crónica" perplejidad hacia la mayor parte de sus semejantes.

21 agosto 2019

La mejor oficina del mundo

El pastor. Foto de Ginebra


Hace unos pocos minutos que ha amanecido y Chencho, el pastor, ya está encaramado en un cancho con sus prismáticos y su "bastón de mando"; el perro se ha quedado en el pueblo, pienso para mis adentros, porque no ha ladrado ni ha salido a recibirnos.

Chencho es feliz en su trabajo, se le nota. Ésta es su oficina, como le digo yo, la mejor oficina del mundo me contesta él, y sí, estoy firmemente convencida de que no hay otra igual. Le preguntamos por el estado de los caminos aledaños al carril para continuar nuestra ruta por la montaña, coronarla y descender al valle del Ambroz, colindante al nuestro. Con la merma del pastoreo extensivo en la sierra, hay caminos que son intransitables, incluso inexistentes, puesto que la naturaleza les ha invadido por completo hasta borrarlos.

Los únicos vehículos que avistamos en todo el trayecto le pertenecen. Están aparcados a un lado y otro de los términos municipales de los dos pueblos que franquean  esta ruta y en los que él tiene hogar o familia, indistintamente.
Dependiendo de lo que le apetezca o tenga que hacer al acabar su jornada, se decanta por bajar a uno o al otro.

No muy lejos de allí está la cueva del Maquis que ya visité el año pasado. Es estremecedora, tanto por su aspecto como por lo que representa: la lucha antifranquista  y por las libertades de un puñado de hombres soñadores y unas mujeres arriesgadas que les servían de enlaces y les ayudaban en esta utópica tarea durante los oscuros años cuarenta de nuestra historia.
Imagino el sol del ocaso en sus caras, el frío del invierno, la niebla fina que en esas cimas cala hasta los huesos, el hambre, las enfermedades, la desesperanza y, sobre todo, puedo imaginar someramente su miedo.

Estos paisajes tan cercanos poblados de recuerdos de infancia, de historias contadas casi en un susurro al calor de la lumbre forman parte de mí de un modo tan imprescindible como impreciso. De esta manera, sigo buscándolos cada vez que puedo. Y así, los árboles, las montañas, los canchales, el pastor o el cabrero, la cueva... son elementos que me acompañan y que me agrada compartir. 

08 agosto 2019

Sin prisas


Naturaleza muerta. Camelia y madera. Foto de Ginebra


Los sonidos de la trompeta, del clarinete, del piano... del viento en general, salen del aparato de música y fluyen por la atmósfera de toda la estancia hasta precipitarse a través de los grandes ventanales para inundar el jardín.

Las flores y los árboles que viven en este espacio agradecen, de vez en cuando, escuchar algo más que el zumbido de las abejas, de los insectos o el revoloteo de los pájaros que descansan en sus ramas y copas.

La camelia se desprendió de una de sus flores rojas que luego, al ser retratada, se tornó sepia por uno de estos "milagros" de la tecnología digital... 

El verano es lo que tiene, que todo se aprecia en una amplitud mayor y más profunda que en el diario que es esa cotidianidad laboral. Ese goce de vivir sin prisas y de saborear lo cercano que, a veces, se nos pasa desapercibido: el arte de vivir, como dijo la amiga Sara.