A primera hora tocaba geo. Hacía tiempo que no me preguntaban y me daba miedo, estaba seguro de que me tocaría. Como cada mañana paseó la mirada por todos nosotros, pero no se detuvo en mí, pasó de largo y finalmente fue Raffard el que salió a la pizarra. Aquello me dió muy mala espina: a lo mejor es que yo ya no contaba, a lo mejor ya no era un alumno como los demás. Unas horas antes aquello me hubiera encantado, pero ahora me inquietaba, pero ¿es que todos la habían tomado conmigo? O intentaban romperme la cara o me daban de lado (...) el tío Boulier tenía una manía: el silencio.
Puse mi pizarra en el borde la mesa (...) la mía era de verdad, con un marco de madera y un agujero para pasar el cordel que sujetaba el borrador.
La empujé con la punta del dedo. Se balanceó un instante y cayó. Bruum.
El estaba escribiendo en la pizarra de clase y se volvió.
Primero miró mi pizarra y después a mí. Todos me miraban. No es frecuente que un colegial intente que le castiguen. Tal vez nunca había ocurrido antes, pero yo, aquella mañana, habría dado todo el oro del mundo para que el maestro dirigiera a mí su dedo y me dijera: "Te quedarás castigado a las cuatro y media". Habría sido la prueba de que nada había cambiado, de que yo seguía siendo el de antes, un colegial como los demás, al que se le puede felicitar, castigar premiar, o preguntar.
El señor Boulier me miró, y luego su mirada se quedó vacía, completamente vacía, como si todos sus pensamientos hubiesen emprendido el vuelo de repente. Lentamente tomó la regla de la mesa y la colocó sobre el mapa de Francia que estaba colgado en la pared. Mostró una línea que iba de Lyon hasta Aviñón y dijo:
-El Valle del Ródano separa los macizos viejos del Macizo Central de otras montañas más jóvenes...
Había empezado la lección y yo comprendí que el colegio se había terminado para mí.






