
Sin noticias. Foto de Ginebra
Reconozco que ya no es lo mismo. Recibir correo electrónico no tiene "el romanticismo" de entonces, cuando las cartas las traía a casa el cartero, al que se esperaba con recelo en ocasiones y con impaciencia la mayoría de las veces. Podías intuir casi la hora exacta en la que el sobre blanco era depositado en el buzón de tu casa. Según la forma y el tacto podías saber qué tipo de noticias contenía, sin ver el remitente. Los sobres rectangulares y alargados, esos con ventanita, nos acercaban los datos de algún banco o de cualquier administración y me parecían tan impersonales como sus palabras asépticas y su letanía de números remarcados por el sempiterno "débito y haber". Los sobres comunes se transformaban en únicos cuando reconocías el tipo de letra que los envolvía. Sin abrirlos, ya imaginabas quien los enviaba ,según el trazo de la letra, su redondez e incluso el color de la tinta. El tacto de cada sobre era diferente, los había más gruesos y rugosos o más finos, coloreados en sepia o con tonos más escandalosos. De cualquier forma, suponía un momento de placer inmenso abrirlos y zambullirse en el bosquecillo de vocales y consonantes que formaban aquellas cartas de más de una cuartilla que te acercaban a esos seres queridos que habitaban en la distancia que te separaba de ellos.
Tengo que reconocer que cuando veo un buzón como el de la foto, me invade de alguna forma la nostalgia de aquellos tiempos en los que me sentaba cerca de un árbol o de una ventana para escribir alguna carta y contar en ella minúsculos retazos de la propia vida o expresar los anhelos que me acompañaban en esos momentos. Siempre en tinta negra y letra bien derecha y redondita, remarcando los puntos de las "íes" e, incluso, dibujándolos algún que otro corazón.