Como la luz de un sueño, que no raya en el mundo pero existe, así he vivido yo iluminando esa parte de ti que no conoces, la vida que has llevado junto a mis pensamientos... Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto cruzar la puerta sin decir que no,curiosear los libros, responder al deseo de mis labios con tus labios de whisky, seguir mis pasos hasta el dormitorio.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo, hicimos mil proyectos, paseamos por todas las ciudades que te gustan, recordamos canciones, elegimos renuncias, aprendiendo los dos a convivir entre la realidad y el pensamiento. Espiada a la sombra de tu horario o en la noche de un bar por mi sorpresa. Así he vivido yo, como la luz del sueño que no recuerdas cuando te despiertas. Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca.

El cielo es azul...


El cielo es azul (lavadero de lanas. Malpartida de Cáceres). Foto de Ginebra

Alguien me lo dijo una vez, pero no lo creí del todo;ahora estoy casi completamente segura de que tenía razón cuando aseguraba que son los libros quienes nos eligen a nosotros casi siempre y no al contrario.
Cuando voy a una librería o a la biblioteca no suelo llevar ninguna idea preconcebida. No busco en la base de datos del local nada sobre títulos o autores, simplemente deambulo en silencio por las estanterías, leo títulos y observo el color y la estampación de los ejemplares que esperan a un nuevo lector con el que compartir un viaje cada vez diferente.

Llovía cuando entré en la biblioteca. Subí a la sala de lectura para adultos y recorrí las novedades de los últimos meses, donde ,creo, que me esperaba la novela de Hiromi Kawakami, "El Cielo es azul, la tierra blanca", un maravilloso descubrimiento, un pequeño regalo inesperado.
Kawakami cuenta la historia de una mujer solitaria llamada Tsukiko que frecuenta una taberna de su barrio en la que bebe sake y ve pasar su vida de una forma que la incomoda. No es feliz.
Un día se encuentra en esa misma taberna con su viejo maestro de japonés y comienza a establecerse entre ellos un vínculo especial que tiene mucho que ver con compartir sus soledades. Beben y se emborrachan juntos, pasean en silencio y en definitiva se buscan mutuamente, aunque a veces necesiten escapar el uno del otro.
El Cielo es azul, la tierra blanca, es una bonita y especial historia de amor entre un anciano de 70 años y una mujer de 38. Pero es además un poema en forma de novela no sólo por lo que cuenta, sino por como Kawakami lo cuenta: de una forma concisa y sencilla en la que se respira belleza y poesía.

" Llevaba mucho tiempo sin ver al maestro.
La visita a aquel lugar extraño no tuvo nada que ver con nuestros distanciamiento. Había decidido esquivarlo a propósito.
Evitaba acercarme a la taberna de Satoru. Renuncié a mi paseo vespertino los fines de semana. En vez de ir al mercado viejo del centro de la ciudad,hacía la compra en un gran supermercado situado frente a la estación. Tampoco me detenía en la librería de segunda mano ni en las otras dos librerías del barrio. Sabía que si tomaba aquellas pequeñas precauciones, no me cruzaría con el maestro. Así de sencillo.
Era tan sencillo, que si seguía así no volvería a ver al maestro nunca más. Y si no volvía a verlo, acabaría olvidándolo (...)
Cuando tienes un gran amor, debes cuidarlo como si fuera una planta, debes abonarlo y protegerlo de la nieve. Es muy importante tratarlo con esmero. Si el amor es pequeño, debes dejar que se marchite hasta que muera (...)
Según este método, si no veía al maestro durante una larga temporada, lo que sentía por él acabaría marchitándose. Por eso hacía todo lo posible por evitar el encuentro (...)"

Altos vuelos


En las nubes. Foto de Ginebra

Volar es un ejercicio imprescindible para la mente, pero ¿qué ocurre cuándo no se sabe hacia dónde dirigirse batiendo las alas?. ¿Se puede volar si no se tiene un sitio adónde ir?
Siempre se encuentra una nube en el amplio firmamento dispuesta a ofrecerte cobijo. Una nube que nos espera paciente, un sitio en el que una se hace compañía a sí misma y donde sobra todo lo demás. El tiempo se ralentiza y las prisas no tienen cabida allí arriba. Las cosas son relativas y el modo de verlas o afrontarlas es completamente diferente al que usamos aquí abajo.
Este árbol, vecino de altos vuelos, suele estar en las nubes con frecuencia y allí nos encontramos cuando lo fotografié. Sus raíces permanecen bajo tierra, pero sus ramas se alargan hasta tocar el cielo o el Sol,según el día, aunque pocos se den cuenta.



Un Pueblo


Piedras y látex.


Intimidades.


Correo. Fotos de Ginebra



Vida





Matices (Dianthus Caryophillus)


Pétalos mojados (geranio común)


Pliegues y color (pelargonium domesti). Fotos de Ginebra

Le pongo flores a la primavera porque nos hace sentir que la vida regresa, que no nos ha abandonado del todo.
A los niños a quienes unos hombres con sotana les arrebataron su infancia.
A las mujeres de saris color rosa, a Sampat Pal, por su coraje y fortaleza, por su capacidad para transformar los cimientos de una sociedad anclada en el pasado y llena de injusticias sociales.
Dejo mis flores a las iniciativas y reformas que se encaminen a mejorar la vida de cualquier ser humano.
Siembro mis flores en tu alma y en tus sueños a los que me enredo como la hiedra al muro.



La Estación


Prisionera. Foto de Ginebra

Después de varias horas de viaje, el tren entró en la estación con su estruendo habitual. En el andén deambulaban los que esperaban, mientras que en los vagones se incorporaban esos seres esperados, algunos entre bostezos, otros impasibles y muchos con el alborozo en la mirada del que desea el reencuentro. La mujer asió de nuevo su maleta y descendió del tren. Por su cabeza planeó la idea de que, posiblemente, ellos pensasen que era la única pasajera a la que nadie esperaba, pero ese pensamiento no la medró. Podía haber tomado café en la cafetería de la estación, pero estaba demasiado concurrida a esas horas y decidió buscar alguna cerca de la playa, posiblemente en el paseo marítimo. Sí, esa era una buena idea, se pondría a caminar atendiendo a las indicaciones y buscaría un sitio, el primero, para irse habituando a la ciudad que poco a poco haría suya. El día era soleado y hacía más calor de lo que había imaginado. Salió del bullicio de la estación y miró a todos lados. Se decidió por la avenida que tenía a su derecha , en la cual desembocaban numerosas calles estrechas y sombrías.

Encendió un cigarrillo y callejeó desorientada.
No sabría explicar con precisión quien encontró a quien, pero el caso es que ,repentinamente, tenía pegada a sus piernas a una gata que se restregaba en su piel sin dejar de maullar y ronronear. Eso no era algo habitual. La gatita de ojos azules y profundos caminaba pegada a sus zapatos, ambas al compás de un mismo ritmo y fundidas en un único silencio. Pensó que quizás tendrían en común que estaban solas y, en esa soledad profunda, las dos se reconocían y se acompañaban. Imaginó que ese pequeño suceso, ese encuentro casual, podría ser síntoma de un buen comienzo.


Castigo


Castigo (autorretrato). Ginebra

La mujer salió del bar y encendió un último cigarro frente a la estación de trenes, tomaría el primero que hubiese disponible, daba igual el sitio al que éste se dirigiera, no le importaba el destino, el lugar de llegada, lo único imprescindible era alejarse de esa ciudad que había sido testigo de su vida durante algunos años. Apagó la colilla restregándola en el suelo con sus zapatos de tacón y cogió la maleta. Cruzó la calle sin esperar a que el semáforo le diera la señal de que podía hacerlo. Pensaba en todas las veces en las que la misma historia se había repetido y no pudo dejar de musitar en voz baja el pensamiento que tenía en su mente: "Al final, todos se van".

La estación era un hervidero de gente a esas horas. Ancianos entretenidos viendo el tiempo pasar ,animados por el barullo del gentío en busca de su billete y su andén correspondiente, limpiadoras precedidas por el chirriar de sus carritos, jóvenes con guitarras, estudiantes tal vez... La mujer esperó su turno pacientemente en la ventanilla de información. El siguiente tren tenía como destino la costa. No lo dudó. El mar estaba bien, y podría ser el comienzo de algo nuevo que pudiera borrar, de alguna forma, lo vivido hasta entonces. Miraría el mar y no las paredes desnudas del pequeño apartamento que acababa de abandonar...


Lo de fuera

Camelia en sepia

Camelia en sepia. Foto de Ginebra

Primero me hice la guerra a mí misma y un buen día, sin esperarlo, llegó la tregua en forma de serenidad, de aceptación. Ahora lucho contra lo de fuera, la realidad, estoy en guerra contra mi alrededor. En guardia contra el pensamiento único y la uniformidad de las costumbres, en guardia contra las privaciones de muchos frente a la opulencia de unos pocos. Miseria. Vuelo sobre las cosas que no son y disparo versos para tí. Siembro camelias y entierro mi ira a muchos metros bajo tierra. En mi jardín no hay mentiras. Tejo sueños de colores con los que me abrigo en las noches en las que me falta él.


Cifras o Derechos sociales


Venta ambulante (Portugal). Foto y tratamiento digital de Ginebra

Desde finales del pasado mes de Febrero se vienen realizando en diversas ciudades movilizaciones de trabajadores organizadas conjuntamente por CC.OO y UGT, los dos sindicatos mayoritarios, en respuesta a la intención del gobierno de aumentar dos años la edad de jubilación, hasta los sesenta y siete años. Se esgrime una razón económica, ¡como no!: la inestabilidad de las pensiones en años venideros. Es cierto que, demográficamente hablando, un grueso de la población activa actual serán pensionistas en veinte o treinta años, y también es cierto que la tasa de natalidad baja en España incidirá en esa inestabilidad, entre otros factores. Pero el caso es que un gobierno democrático y social no puede, de ninguna forma, acabar de un plumazo con un derecho social, un logro indiscutible de los trabajadores, como es la jubilación a los sesenta y cinco años, que ya me parece alta para según que tipo de profesión. Evidentemente no es lo mismo ser agricultor que trabajar en una oficina, el desgaste físico del primero es mayor, por tanto su jubilación debería ser más temprana. Pero no es así, todo lo contrario.

Ocurre que, cuando no se hacen bien los deberes (ministros, políticos, economistas y grandes cabezas pensantes del país) suelen pagar el pato precisamente los que están en la base de la pirámide social, los trabajadores. No entiendo mucho de datos y cifras económicas, pero no hay que ser muy avispado en la materia para darse cuenta de que, generando empleo de forma razonable (me refiero en sectores productivos) pueden resolverse la mayoría de los males que aquejan a las sociedades postindustriales. El cambio productivo que persiga un desarrollo sostenible, un cambio en los hábitos de consumo , en el ahorro y la inversión aseguraría, me imagino, un crecimiento en el empleo y éste causaría el equilibrio o beneficio en la Seguridad Social ,con lo cual el fantasma de la falta de pensiones en un futuro próximo se desvanecería. Sea como fuere, el problema no es de los trabajadores y quienes deben resolverlo son los que ahora juegan con el tiempo de jubilación, merecido, de una mayoría de ciudadanos.

En Extremadura los dos sindicatos de clase han convocado una movilización simultánea en Cáceres y Badajoz el próximo sábado día 6 de marzo a las 12.00h. Saldré a la calle para defender ese derecho social histórico que, en mi humilde opinión, no puede ser nunca negociable desde ninguna opción política ni gobierno.