
Con la parsimonia propia de la edad ,sacaba los trozos de pan duro y los picaba hasta convertirlos en tiernas migas que vaciaba en el suelo en el que se arremolinaban presurosas las aves.
Quien sabe qué secretos guardaban sus ojos claros y su rostro surcado de graves arrugas. Tal vez algún día amó a un hombre del que ahora sólo quedaba el recuerdo hueco en una cabeza que navegaba al límite entre la cordura y la locura.







