Como la luz de un sueño, que no raya en el mundo pero existe, así he vivido yo iluminando esa parte de ti que no conoces, la vida que has llevado junto a mis pensamientos... Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto cruzar la puerta sin decir que no,curiosear los libros, responder al deseo de mis labios con tus labios de whisky, seguir mis pasos hasta el dormitorio.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo, hicimos mil proyectos, paseamos por todas las ciudades que te gustan, recordamos canciones, elegimos renuncias, aprendiendo los dos a convivir entre la realidad y el pensamiento. Espiada a la sombra de tu horario o en la noche de un bar por mi sorpresa. Así he vivido yo, como la luz del sueño que no recuerdas cuando te despiertas. Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca.

Al límite


El hada y las Palomas (hospital de S. Pau, Barcelona). Foto de Ginebra

Salía de casa temprano con su bolsa de lona colgada del brazo. Cogía un autobús que la llevaba directa hacia el majestuoso hospital que remataba aquel paseo poco concurrido a esas horas de la mañana, donde la esperaban impacientes las palomas urbanas.

Con la parsimonia propia de la edad ,sacaba los trozos de pan duro y los picaba hasta convertirlos en tiernas migas que vaciaba en el suelo en el que se arremolinaban presurosas las aves.
Quien sabe qué secretos guardaban sus ojos claros y su rostro surcado de graves arrugas. Tal vez algún día amó a un hombre del que ahora sólo quedaba el recuerdo hueco en una cabeza que navegaba al límite entre la cordura y la locura.



La mirada


Palestina (Andrea)


Pirata malo (César)


"Princesa de cobre" (Maidla). Serie retratos. Fotos de Ginebra

















La habitación de alquiler


En automático (autorretrato)

Había comenzado ojeando (y hojeando) las ofertas de los periódicos, visitado las oficinas de empleo de esa ciudad que ya no le parecía tan desconocida. Había paseado hasta al alba y también después de que el sol decidiera esconderse cuando las farolas se encendían en las calles y las luces de neón en los locales comerciales, había bebido en los bares y, de vuelta a su habitación alquilada, sentía todo el cansancio de esos días en sus pies aprisionados por unos tacones siempre imposibles.

Miranda, su gata, salía a recibirla al pequeño descansillo por el que se accedía a una única estancia con pocos muebles ,que respiraba gracias a un balconcillo que le permitía un contacto con la vida que trajinaba en el exterior a todas horas, en ese barrio ruidoso de alquileres baratos que ahora era su único referente. Mientras preparaba un baño relajante, encendía su equipo de música, una de las pocas pertenencias que había conseguido encajar en su pesada maleta como único vestigio de un pasado que ahora le parecía remoto y lejano.

Tenía algunos ahorros que la permitían vivir sin lujos, pero dignamente hasta que encontrase un empleo que la ayudase a recomenzar de nuevo. La música , la cerveza fría del refrigerador y el baño de espuma conseguían atenuar el intenso dolor de sus piernas y la pesadumbre que sentía ante un futuro, de alguna forma, oscuro. Había dejado atrás promesas incumplidas y deseos volátiles que se escapaban en el mismo momento en que intentaba asirlos. Estaba segura que sus sueños habían sido como las mariposas, hermosos y luminosos, pero difíciles de cazar. Mientras saboreaba el regusto amargo que dejaba la cerveza en su garganta, reconsideró la posibilidad de trabajar como camarera en una cafetería del centro que servía comidas a una pléyade de funcionarios en turno de día y alguna copa a los trasnochadores que comenzaban ahí la ronda nocturna que, posiblemente, terminase en el nightclub de una carretera comarcal no muy lejana a la ciudad costera a la que había llegado con su gesto grave y algunos sueños archivados en el fondo de los recuerdos.





Lascivia


De la pureza y de la lascivia. Foto de Ginebra

Te tengo todo marcado
como un yacimiento arqueológico.
No es extraer los restos de tí lo que persigo
-ruinas de una ciudad tallada en la arenisca-
lo que quiero es penetrarte
-taladrar la piedra de tu cuerpo-
y este sexo cóncavo de mujer
se vuelve inútil para mi deseo.

Cavo en tu ombligo
para entrar por el flujo de tu sangre.
Vacío mi espíritu como aire en tu boca
y te observo respirarme.
Ya sé que no necesito de piel para tocarte
no es eso
Yo quiero hacerme una cueva en tu cuerpo.

Flexiono mis rodillas bajo tus axilas
como los brazos de un taladro.
-Las aceras que rompo
son las de tu calle-
Con mis pestañas de barro
el polvo que levanto de tu frente
y no me detengo hasta que soy tú
y tu sexo es el mío hasta que soy yo
quien está dentro.
("Inéditos", de Miriam Reyes.)






En blanco y negro


Reflejos y jaula.

En la piedra se puede leer el ritmo que marca el tiempo, su compás, que la mayor parte de las veces no es acorde al que queremos o pensamos. En los reflejos se vislumbran los instantes más cercanos, las cosas que cambian según la luz, la hora o, sencillamente, el espectador. La jaula puede recordarnos que es difícil para el hombre vivir solo.


La primera flor. Fotos de Ginebra

En esta tierra se dice que los amantes que se juran amor bajo un cerezo en flor gozarán de él por toda la eternidad. Se sabe, aunque no se dice, que quien coge la primera flor debe elegir cuidadosamente a quien la regala pues, en esencia, lo que dona es su corazón.