
Un año, en cambio, las cosas dieron un giro de muchos grados y al abrir los ojos me aguardaba una muñeca vestida con traje típico (que tardé en reconocer como valenciano) envuelta en un embalaje transparente de plástico duro. Aún puedo revivir y sentir aquel momento mágico, aquella profunda emoción ante un regalo inesperado que no sabía muy bien si merecía.
Madre sintió mi alborozo y entró en la habitación a la vez que me advirtió que no debía abrir ese envase que contenía mi preciado tesoro, pues la muñeca venía provista de pequeños alfileres que sujetaban, desde los moñetes del pelo hasta el calcetín en los zapatitos negros que imitaban al charol y que podrían hacerme daño, sin ser consciente de la ironía que implicaba que los verdaderos alfileres fuesen de otra índole.
Dijo, además, que era una muñeca tan bonita que su única función debería ser la de adornar la estancia dentro de aquel envase plastificado que parecía una burbuja desde la que aquellos ojos pintados me miraban ,no sé si con más asombro que el mío al contemplar aquella escena que ahora, con los años, se me antoja surrealista.
Así pasaron los días en que yo observaba a la fallera desde mi realidad y desde la profunda distancia que nos separaba a ambas, tan gruesa como el plástico del que estaba hecho su mundo.
Nunca jugué con ella y para cuando pude hacerlo (nunca perdí la esperanza de que los Reyes pasaran por casa cada año) ya no tuve ni ganas ,ni edad.
No he olvidado a la fallera, pero sí "la tragedia" de aquella niña conformista y obediente que ahora no logro reconocer en mí. De todo aquello me queda el forzoso aprendizaje de que, en esta vida, algunas cosas añoradas llegan, pero a destiempo, aunque no por ello debemos renunciar a desearlas, éso, y una cierta antipatía por esas fiestas de tracas y pólvora.






