
Bien entrado el mediodía se despertó con el sabor de la ginebra aún en su garganta. El día era soleado y tibio, lástima que él estuviese solo. Salió al balcón y miró la calle, vió gente pasar y la vió a ella.
La fotógrafa enfocaba hacia su ventana. Él era el centro de atención. Se sintió feliz y sonrió a aquella mujer que cubría su rostro con la cámara. Un instante después, cuando la foto ya había sido tomada, ella le saludó con la mano y le sonrió. Él la imitó. La imagen generó una historia en la que quedaron enredados para siempre los dos.


El negro era su distintivo, como una segunda piel que no mudaban ni en invierno ni en verano.
Se habían conocido hacía poco tiempo, pero ya eran inseparables. Una soledad se unió a la otra y habían dejado de sentirse jodidamente diferentes. Ahora se habían convertido en dos seres maravillosamente distintos.

No tenían prisa. Hacía tiempo que esa palabra había dejado de existir en su léxico interno. Prolongaban su conversación más allá de un horario establecido y apuraban su copita de orujo con el regusto del que ha probado la dicha de una amistad sincera.









