
Desde la ventana de la cocina divisaba la cadena montañosa que rodeaba aquel bonito valle donde vivía y que se le asemejaba, a veces, a una mujer robusta y tranquila durmiendo de costado después de una larga noche de pasión.
Aún tenía tiempo de desayunar plácidamente, porque hasta la diez no llegaba el cartero que hacía el reparto en todos los pueblos del valle. Hasta esa hora le inundaba siempre una sensación de incertidumbre, de vértigo y el estómago se le llenaba de mariposas que revoloteaban y chocaban insistentes sobre éste, mientras en la cabeza sólo le cabía una frase escrita en mayúsculas: "¿tendré hoy noticias suyas?".
A falta de unos minutos para la hora indicada, agarraba su bicicleta y pedaleaba veloz calle abajo, haciendo sonar el timbre para espantar a los perros que dormitaban al sol.
La escuela vacía, la higuera en el atrio, la campana de la torre, el olor a churros y aceite caliente, el sonido del agua, el arroyo y el puente de madera, las banquetas del bar en la calle, el edificio del centro médico sin terminar... y por fin: la pequeña oficina de correos y, tal vez, un sobre blanco o violeta con la letra pequeña y redonda de ella.


