Como la luz de un sueño, que no raya en el mundo pero existe, así he vivido yo iluminando esa parte de ti que no conoces, la vida que has llevado junto a mis pensamientos... Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto cruzar la puerta sin decir que no,curiosear los libros, responder al deseo de mis labios con tus labios de whisky, seguir mis pasos hasta el dormitorio.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo, hicimos mil proyectos, paseamos por todas las ciudades que te gustan, recordamos canciones, elegimos renuncias, aprendiendo los dos a convivir entre la realidad y el pensamiento. Espiada a la sombra de tu horario o en la noche de un bar por mi sorpresa. Así he vivido yo, como la luz del sueño que no recuerdas cuando te despiertas. Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca.

"Test of time"


"Síndrome de estocolmo". Foto de Ginebra

Y le pediremos al tiempo una prueba de lealtad que posiblemente no tendremos, pero aún así, se lo pediremos.
Y propondremos deseos o repetiremos los que ya tuvimos en años anteriores. Los que hemos buscado y seguimos buscando; los que tenemos y queremos perpetuar...

Conservaremos lo verdadero y nos desprenderemos de lo fatuo, aunque venga disfrazado de autenticidad. Intentaremos materializar algún proyecto.

Aprenderemos ,"con el tiempo", a hacer las paces con los minutos y las horas, con los días y con los años, con lo que tenga que venir y quizá, quien sabe, consigamos mantener el vuelo sin plantearnos nada más...


Habitaciones y Sueños.


Alex, 9 años. Favelas de Río de Janeiro. Brasil.


Jaime, 9 años, New York. USA


Indira, 7 años. Nepal


Kaya, 9 años. Tokyo. Japón.


Dong, 9 años. Yunnan, China.


Joey, 11 años, Kentucky. USA


Prena, 14 años. Nepal


Delaine, 9 años. New Jersey. USA


Ahnkohxet, 8 años, Amazonia, Brasil. Fotos de James Mollison.

Indira vive con sus padres, hermano y hermana cerca de Katmandú, en Nepal. Su casa tiene una habitación, con una cama y un colchón en el suelo, que los niños comparten. Indira tiene 7 años y desde hace cuatro trabaja en la cantera de granito, cinco o seis horas al día. Luego ayuda a su madre con las tareas del hogar y va a la escuela, que queda a 30 minutos caminando. No le importa trabajar pero preferiría jugar. Su comida favorita es fideos y cuando sea grande quiere ser bailarina.

Joey vive en Kentucky, EE.UU., con sus padres y una hermana mayor. Tiene 11 años. A menudo acompaña a su padre de cacería. Posee dos escopetas y una ballesta, y mató a su primera presa -un venado- cuando tenía 7 años. Su familia siempre se come al animal que mata. Joey no está de acuerdo con cazar por deporte. Va a la escuela y le gusta ver televisión con su mascota: un dragón barbudo llamado Lily.

Kaya tiene cuatro años y vive con sus padres en un pequeño apartamento en Tokio. La propiedad en Tokio es muy costosa porque hay muy poco espacio. Su madre le hace toda la ropa y Kaya tiene 30 vestidos y abrigos, y 30 pares de zapatos, sandalias y botas, así como varias pelucas. A sus amigas les fascina venir a probarse su ropa. Su comida favorita es carne, papas, fresas y melocotones. Cuando sea grande quiere ser una dibujante de animación.

Estas son algunas historias que nos llegan de la mano del fotógrafo James Mollison, que ha recorrido el Planeta fotografiando las habitaciones de niños de distintas edades. Su trabajo queda resumido en un libro de imágenes que lleva por título "donde duermen los niños".
Habitaciones y sueños, en muchos casos hechos añicos antes de llegar a la adolescencia.
Niños que trabajan desde corta edad, que malviven solos en chozas y favelas, huérfanos; niños que acuden a la escuela o toman hamburguesas en el burger del barrio; criaturas que coleccionan muñecos fabricados en China o recorren los concursos de belleza infantil de cualquier ciudad norteamericana.

Habitaciones que hablan de una vida plena o lo contrario, de una vida rota. Infancias afortunadas y desgraciadas que podemos adivinar con solo echar un vistazo al sitio donde duermen. Habitaciones en unos casos, vergüenzas en otros.

"Sostenibilidad"


Pino de copa redonda. Foto de Ginebra

Nunca he estado en la Selva Amazónica, pero aunque no la conozca, sé que gusta.
Es la selva ecuatorial más grande del Planeta y en ella habitan numerosos grupos humanos que viven de una forma sostenible con su entorno, como nos gusta denominarlo ahora. Sostenibilidad.

Una inmensa vegetación que posibilita la vida de miles de especies animales y también de personas que no conocen otros sitios.
Un espacio amenazado que va menguando cada año a una velocidad de vértigo debido fundamentalmente a la deforestación para convertir estos paisajes naturales en agrarios.
Brasil ha permitido la tala indiscriminada y ha vendido a las multinacionales americanas ingentes hectáreas de selva que se han convertido en pastizal para la cría de ganado con destino a las empresas agroalimentarias de los EEUU.

También ha consentido que una oligarquía terrateniente acceda a la superficie de selva desafiando todas las leyes internacionales de protección de este espacio e incluso haciendo la vista gorda con el éxodo de pueblos que son sus verdaderos habitantes.

Ahora mismo hay en juego la destrucción de un espacio similar al tamaño de Alemania, Austria e Italia juntas.
WWF y otras organizaciones ecologistas están informando de la intención del gobierno brasileño de permitir la tala de este espacio para obtener beneficios económicos, aunque esgriman la razón de entregar tierra a los campesinos.


En este enlace encontraréis toda la información junto con una petición de firmas individuales que se presentarán a la presidenta de Brasil. Creo que es un motivo suficientemente importante como para colaborar. Me gustan los árboles y no podría vivir sin ellos. No he ido a la selva y tal vez no iré nunca, pero no deseo que dejen de exisitir sitios así en nuestro bello y castigado Planeta Tierra.

O...perdida en la estación.


La estación perdida. Foto de Andrea M

La estación perdida es el título de esta foto, aunque podría haber sido otro, uno como éste: "perdida en la estación" , sólo hay que atisbar el sitio para saber que se está lejos de todo, ese sitio donde tiene lugar ese momento, ese gesto que atiende a la llamada de la joven que sostiene la cámara de fotos y pulsa un clic, que es capaz de contener un sinfín de detalles en una milésima de segundo.
La vagoneta como tal configura un paisaje que tiene su aquel, su puntito, es el eje en torno al cual se articula este retrato, el mío.
Aparezco desenfocada, no sé si fue casualidad; pericia de la fotógrafa que quiso resaltar el viejo tren de hierro, o su falta de experiencia a la hora de enfocar lo que quería resaltar; pero el caso es que el resultado no está mal.
Puedo reconocerme en este retrato desenfocado y pienso si es cierto que una máquina puede registrar tus sentimientos.


La estación hace mucho tiempo que vive del recuerdo, aunque aún hay vida a su alrededor.
Las cigüeñas son ahora los habitantes de este lugar que fue un bullir de gente y rugir de vagonetas, no hace tanto tiempo. Han acampado en los tejados de las casas de sus antiguos propietarios: los ferroviarios y empleados de la compañía.

Algunos compradores o herederos han convertido en su hogar algunas de las viejas edificaciones y han sembrado árboles que rivalizan con los viejos eucaliptos que pueblan este paraje insólito.

Pero fuera de las vías se extiende un campo prodigioso donde los buitres y las cigüeñas, las grullas o las águilas culebreras juegan a peinar el viento con sus alas. Cuando cae la tarde es un buen momento para pasear y escuchar el silencio apenas sesgado por el ruido que surge de la naturaleza, del suelo, del cielo, del aire.




Disipar la niebla



Punta y tacón. Foto de Ginebra

La niebla ha permanecido inalterable durante todo el día. Al volante es un elemento sumamente incómodo que, además del riesgo que conlleva, me impide apreciar el color del amanecer en la cumbres de las sierras ,primero, y posado en las copas de las encinas, después.
Hoy ha sido un día gélido, como acostumbran los días en el mes en que nací, un mes tan lejano del mar y de mí que me resulta, cuanto menos, paradójico.

El oído pendiente de la radio (hoy hablaban de Buddy Holly) los ojos puestos en la carretera y mi cabeza tan lejos de todo... Pensé, ¿dónde se reciclarán los sueños que se quiebran? ¿de qué material están hechos? ¿en qué contendor tengo que depositarlos para que me los devuelvan limpios,con esa asepsia que tienen la cosas sin estrenar?.

Quisiera que éstos fueran como las sábanas recién planchadas. Me encantaría abrirlos despacio, aspirar su aroma y zambullirme en ellos con la parsimonia que este rito se merece...
Me gustaría dar un puntapié al cielo y disipar esta niebla y agrietar los espejismos como se agrieta un lago helado al paso de un trineo que ha osado aventurarse en el reino de la incertidumbre.