06 agosto 2015

Estaciones

La vieja estación (Reposición). Foto de Ginebra
Sus respectivos trenes habían confluido por primera vez en la misma estación hacía bastante tiempo. No sabían de la existencia el uno del otro, pero tal vez se conocieran porque se hubieran soñado o imaginado, como nos sucede a veces con las cosas e incluso con algunas personas. 

La cafetería abría sus puertas a primera hora de la mañana, buscando el reclamo de los viajeros del alba. Hacía frío aquel invierno. Ella entró y pidió un café. Él era el único cliente a esas horas; concentrado como estaba, desvió su atención de un libro de poemas de Emily Dickinson y la miró, ella recibió la luz de unos ojos grises y, en un gesto casi involuntario, le devolvió una sonrisa que llevaba implícito mucho más.
Dos seres inconformistas cansados de arrastrar la misma maleta de siempre, cuyo único equipaje puede que fuera la soledad. 

Una vieja estación y dos trenes que se deslizan  hacia un mismo destino. Dos sombras anónimas que en la oscuridad de la noche se funden en un abrazo furtivo.Dos destinos paralelos fabricados por multitud de palabras que esconden en el túnel oscuro de sus propias vidas infinidad de recuerdos. Dos identidades que conformaron, desde el principio, una historia de la que aún hoy no se ha escrito un final.