14 enero 2016

Adiós, David Bowie

No sé quién hizo la foto, aunque recuerdo quien me la regaló.

Hasta hoy no me he sentido con fuerzas para despedirme de ti. La noticia de tu muerte me sorprendió de camino al trabajo. Cuando encendí la radio y sonaba una canción de Next Day, tu penúltimo disco, pensé que escucharte era una forma genial de empezar mi jornada laboral. Luego habló el locutor y dijo que habías muerto. El corazón me dio un vuelco y mi semblante debió cambiar al compás de mis emociones.

Durante la mañana apenas hablé, hice mi trabajo de una forma mecánica, sin echarle las ganas que le pongo todos los días. Quizá los chicos lo notaron, pero no dijeron nada.
El día fue desarrollándose entre lo cotidiano y tu recuerdo, entre la noticia en los medios de comunicación y tu música, porque la emisora que escucho diariamente no dejó de homenajearte a lo grande, como tú merecías.

Te nos fuiste, sin que nos haya dado tiempo a saborear tu último trabajo, Blackstar, que los Reyes Magos dejaron en mis zapatillas. Hasta para morir fuiste único, sin duda alguna. 
Ningún artista ha tenido la capacidad de reinventarse constantemente, de dar una vuelta de tuerca e ir más allá de lo predecible, y nadie ha sido tan jodidamente moderno y atemporal como tú.

Eres libre como un zorzal, según la letra de tu última canción, que es una despedida en toda regla. Yo creo que siempre lo fuiste: libre y eterno, David. Eterno.