04 junio 2016

Viajo sola

Retrato con roble. Foto de César M
La lluvia nocturna cesó de madrugada. Lo sé porque me desperté muy temprano y no escuché el repiqueteo de las gotas en la balaustrada del balcón. Aún no había amanecido y volví a quedarme dormida con esa placidez que solo parecen contener los días festivos o los fines de semana. 

El día llegó brumoso, húmedo y nublado, perfecto para una caminata por el monte. Las copiosas lluvias del invierno y la primavera han aumentado el caudal de las gargantas y todo el espacio reverdece de brotes tiernos y hojas nuevas. El color amarillo y morado, el blanco, cubre el suelo en forma de diminutas florecillas silvestres sobre la que liban ufanas las abejas.

Ascendemos mientras oímos el griterío de los pájaros entre las ramas de los robles y los castaños o entre los cerezos que pueblan los bancales de los huertos. 
El rumor del agua no cesa, nos arrulla durante todo el trayecto.

Hablamos del colegio, de los amigos, de todo un poco. Está cansado, me lo hace saber en varias ocasiones, así es que la ruta no se prolongará el tiempo que yo esperaba...

Al enfilar una cuesta prolongada ya divisamos el roble que marca la ascensión sin tregua durante varios kilómetros. Me encanta este árbol, su apariencia y porte son imponentes, tanto que apenas nos deja ver las nubes entre su ramaje.

Hacemos un alto y descanso apoyada en su tronco, mientras él coge mi móvil y hace esta fotografía, que ahora me acerca al recuerdo de ese instante sentido.

La sensación tan cercana que me produce el bosque ahora, me invade por completo, porque no siempre fue así. Mis paseos solitarios por un entorno de alguna forma desconocido, me ha provocado a veces, cierto temor, y a la vez, una necesidad vital.
Me he acostumbrado a escuchar el silencio que se rompe únicamente con el ritual cotidiano de estos espacios agrestes, y he superado esa incertidumbre que antaño me acompañaba.

Ahora sería impensable que dejara de hacerlo, es más, creo que cuando "viajo" por aquí, en realidad me sumerjo en mi interior, en una especie de equilibrio entre lo que tengo fuera y disfruto, y lo que me aguarda dentro y desconozco todavía...

7 comentarios:

Sergio DS dijo...

Echo de menos los árboles, echo de menos el mar, echo de menos mucho de lo que me da la vida a diario, afortunadamente en mi interior conservo esa especie de equilibrio que me impulsa a seguir.

Bonita foto.Sencilla, pero tan personal.

volvo dijo...

Leyendo este trocito de tu vida me ha entrado cierta envidia, Ginebra; esos paseos en un entorno tan agradable... Si algo añoro de mi tierra es ese tipo de paisaje, de comunión con la Naturaleza, de sosiego...
Llego al último párrafo, con la música de fondo que nos has dejado, y pienso que a mi me ocurre algo parecido cuando me encuentro entre estas cuatro paredes que yo llamo mi mundo.

Un relato delicioso para irme a dormir.

Te dejo un beso.


Ginebra dijo...

Si conservas el equilibrio en tu interior, querido Sergio, ya lo tienes todo... es cuestión de tener paciencia y resistir, todo llega si se sabe esperar sin perder la calma.
Un beso de buenas noches.

Volvo, me alegra que te haya resultado grato antes de dormir. Acostarse con sensaciones agradables es fundamental para descansar, también para soñar cosas placenteras. Nuestro estado de ánimo determina todo... y si he sido un instrumento para tu descanso, es maravilloso:)))
Besos

Chousa da Alcandra dijo...

Es curioso que ambos toquemos esta vez el tema de los lugares mágicos. Y resulta también interesante el hecho de que todos hablamos de ese equilibrio cuando estamos en contacto con la naturaleza. Seguramente es una prueba más de que en otros entornos resulta muy complicado plantearse tal cuestión.

Y ten cuidado con los árboles. Son unos verderolos. A saber lo que ha contado ese roble por el bosque sobre tu cercanía...

Bicos arbóreos

ñOCO Le bOLO dijo...


Esas sensaciones de las que hablas son las mismas que busco en mis caminatas. El Camino es lugar propicio, avanzas mientras cambia el paisaje. La mañana te invade y el silencio comienza a ser interrumpido por los pájaros. Y oyes tus pasos sabiendo que son tuyo. Aprendes a estar en soledad, y a amarla. Y también la compañía que encuentras, si te apetece. Y al final, un par de huevos fritos con patatas y chorizo, que el e´espíritu lo pones tú y no el final.
Me ha encantado reencontrarme con Albatros. Es un recuerdo de aquellos tiempos en los que envidiaba la Fender y su peculiar sonido.
Dile a César que cuide no cortarte el pie :)

Un beso

· LMA · & · CR ·

virgi dijo...

Una reflexión muy madura, Ginebra. Caminar disfrutando de la naturaleza nos produce una sensación de placer y de equilibrio muy necesaria, como si no necesitáramos nada más.
Besos, guapa.

Transgénico dijo...

Un castaño (Castanea sativa), cariño, ese árbol es un castaño. Tú y tu galopante prosopagnosia en materia de arboricultura.

Un castaño, por cierto, de esbelto tronco, torneadas ramificaciones y esplendorosos aquenios. Para comérselos sin pelar.

“Brotes tiernos, hojas nuevas. El color amarillo y morado, el blanco, cubre el suelo en forma de diminutas florecillas silvestres sobre la que liban ufanas las abejas”… Admiro y envidio tu bucolismo innato y tu enorme predisposición poética para encontrar el ‘Locus amoenus’ en sitios donde yo solo veo mosquitos, latas de bebidas, bolsas de basura y cagadas de trol. Ir contigo por el bosque debe de ser como ver ‘Sonrisas y lágrimas’ con Julie Andrews al lado.
Besos de lobo, Caperu.