03 agosto 2018

De almas

Desolación, serie paisajes pedregosos. Foto de Ginebra

En este armario guardo mi alma. Entre las camisas y pantalones cuelga, limpia y planchada, de su percha. Por tratarse de una prenda valiosa la llevo conmigo solamente en ocasiones especiales. Un alma es para toda la vida. Un alma no se arregla.
Si se rompe, no hay otra.

Por eso la reservo para cuando voy a sitios adonde no se debe ir si alma. Cuando voy al poema, por ejemplo. Cuando acerco el olfato a una flor aromática o cuando, al alzar la copa de buen vino, dirijo unos instantes la mirada a los colores de la tarde.

De niño, en cambio, no iba sin mi alma a ningún lado. Ni para dormir me la quitaba. La echaba a volar junto a los ángeles que surcaban en bandada el cielo de mi infancia. Y, al caer la noche, se la enseñaba a Dios, que de tanto conversar conmigo me parecía un miembro más de la familia.

El caso es que ya no salgo casi nunca con el alma a la calle. Se me hace que la gente, al verme, lo va a saber todo de mí. O que el viento y la lluvia me la podrían arruinar. Los ángeles, mientras tanto, emigraron lejos,a otras infancias, y Dios murió como mueren todos los abuelos entre dos crepúsculos.

Eso sí, cuando me pongo el alma gano en dimensiones. Me revisto de una atmósfera que me hace más brillante que mi perro. Soy de pronto transparente. Soy espiritual. Ataviado con mi alma, me prolongo en altura; alcanzo mayor profundidad y me dilato, en fin, en todas direcciones hasta dejar atrás la última estrella transitoria.

Pero luego, al borde de la eternidad, me cruzo con la mirada de mi perro, sentado y melancólico cerca de la puerta con su alma peluda de perro, y no sé qué me da dejarlo ahí solo, abandonado a las horas polvorientas, sin nadie que le hable y le ponga la comida. Vuelvo entonces sobre mis pasos y hasta la saliva me sabe a amistad. Restituida a la percha del armario la ingrávida envoltura, me visto mis humildes y carnales pingos de diario, acaricio al perro, lo saco a pasear.

(Mi alma y mi perro, en Autorretrato sin mí. Fernando Aramburu. editorial Tusquets)

9 comentarios:

Efraín Luzbel dijo...

«El cielo de Centroeuropa es, por esta época (invierno), de una tristeza aplastante y mi ventana da a ese cielo. Impera el gris sobre las copas mondas de los árboles y sobre unos tejados borrosos que hay a la derecha, con chimeneas humeantes. Un gris apagado, uniforme en su apariencia de suciedad. Un gris sin grandeza, sin altura ni contrastes. Se dijera que le han puesto una tapa al día.

El hombre nórdico, tan pronto como asoma el invierno con sus garras, está condenado al recogimiento en la penumbra, al trabajo perseverante del que sueña, como los pájaros negros que se afanan en los abedules sin hojas, con el regreso de la primavera.

Mi ventana y mi vida dan al norte.»


Fernando Aramburu: Un arrebato de amor lo trajo a Alemania con la literatura, y aquí sigue: en el amor, en la literatura y en Alemania.

Ginebra dijo...

Cuando leí ese fragmento (forma parte también de Autorretrato sin mí) no pude evitar recordar ( nunca le he olvidado, tal vez por eso el verbo recordar no sea el más adecuado) a un español de ojos grises, como esos días que describe, que también se afincó en Alemania. También él sigue allí e, igualmente, trajina con el amor, la literatura ( como lector) y con el espacio. Gran autor Aramburu, uno de mis preferidos. Besos

José A. García dijo...

Algunos protegen sus almas, otros la pierden en el primer intento y ya nada les queda.

Saludos,

J.

Ginebra dijo...

Y otros/as, José A parece que hubieran nacido sin ella y así las cosas, no sienten o perciben la realidad de los otros, o de las cosas. Saludos

Efraín Luzbel dijo...

Sé de un español afincado en el norte cuyos ojos grises nunca han dejado de mirar hacia el «Extremo-sur». La próxima vez que me lo encuentre sabré si se trata del mismo español inolvidable que usted menciona, pues se dice que los ojos grises de fría plata, al saberse «no olvidados», despiden un intenso fulgor escarlata.
Schmatz.

virgi dijo...

Precioso y delicado, cero que incluso el perro diría lo mismo. Besitos, Ginebra.

Ginebra dijo...

No me imagino unos ojos grises despidiendo un fulgor escarlata, pero haré caso de su descripción. Ya me dirá si le ha visto, si se ha fijado en su mirada, si sonríe o su gesto es serio, si va acompañado o camina solo; si lleva las manos en los bolsillos y deambula sin saber muy bien adonde se dirige o, por el contrario, se dirige diligente a una tienda, a una biblioteca o a una sucursal bancaria... si lleva cascos para transportar la música que le gusta cuando camina, si pasea a un perro...
Besos

Un saludo, Virgi.

Ildefonso Robledo dijo...

Sin alma, no somos nada... Solo gracias a el, vivimos, que no es poco
Un abrazo, amiga

Ginebra dijo...

Estoy de acuerdo contigo, Ildefonso. Es una parte esencial del ser humano.
Saludos